Juan Ignacio Colil nos hace recorrer un trazado panorámico e intimista sobre la vejez contemporánea y los abismos del fracaso generacional. Los protagonistas son Arturo, un hombre de cincuenta años estancado en la mediocridad de un trabajo alienante, y su padre Juan, un anciano de ochenta y dos años internado en «Vida plena», una moderna y aséptica residencia para la tercera edad. Sometido a los rigores de la infantilización geriátrica y a la voluntad pragmática de su familia, Juan languidece en un presente monótono, refugiándose compulsivamente en recuerdos remotos, como el trágico naufragio del vapor «Cautín» en 1948 y sus extintos días de plenitud como profesor rural.
La inercia de las visitas semanales se quiebra a partir de un detonante inesperado: la lectura casual de una nota de prensa que anuncia un inminente homenaje en el Estadio La Cisterna a Óscar Fabbiani, máximo ídolo histórico del Club Deportivo Palestino. Atizado por una lucidez repentina y obstinada, el anciano exige presenciar el evento a toda costa. Ante la previsible negativa institucional, Arturo orquesta una arriesgada, pero entrañable, fuga clandestina. Padre e hijo escapan a través de una ventana del asilo para sumergirse en el convulso tejido urbano de Santiago, una metrópolis que, a los ojos del anciano, se erige como un territorio hostil e incomprensible.
La puerta de Tannhauser despliega un alegato profundo contra el descarte de los adultos mayores en una sociedad orientada a la eficiencia. Apelando a un estilo exento de artificios melodramáticos, Colil explora la disfuncionalidad comunicativa entre hombres y la angustia biológica frente a la senectud. A través de este recorrido el autor compone un retrato magistral sobre los lazos invisibles de la piedad y la necesidad imperiosa de otorgar un último gesto de dignidad a quienes se encuentran al borde del olvido absoluto.
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